21 de enero de 2014

Juego Macabro - Umberto Senegal



En una casa de dos pisos yo solo. Solo yo y frente a la casa un centenario pino. Bajo y golpeo una vez sobre la oxidada puerta de hierro. Subo. Me acuesto y pregunto desde mi cama,¿quién es? Espero tres minutos. Pueden ser más pero parecen tres minutos.Nadie responde. Bajo y golpeo de nuevo sobre la brillante puerta de cobre. Vuelvo a subir y  otra vez  me acuesto. No es insomnio. Pregunto en voz más alta, ¿quién es, qué desea? Agregué el interrogante para darle otra posibilidad de respuesta a quien pudiera hacerlo. Espero cinco minutos y me levanto tranquilo. Pueden ser más minutos pero quiero pensar que solo fueron cinco. Bajo y toco en la sólida puerta de cedro negro. Más insistente en esta ocasión. Golpeo con los pies. Subo rápido a mi alcoba y me acuesto. Decido vestirme. Tengo frío. Pregunto, ¿a quién necesita? Si es a mí no respondo. Si es a otro, tampoco. Silencio total. Repito la acción. Ahora golpeo la transparente puerta de cristal únicamente con los pies. Me lastimo. Subo y me acuesto. No miro en el reloj de la pared qué hora volvió a ser.

Me acuesto y digo, sé que es a mí a quien necesita para darme alguna grata noticia. Bajaré de nuevo y por última vez tocaré. Abriré. Debo abrir.Mientras lo hago y arrojo esos enormes candados, ingrese por la ventana y ocupe mi sitio en la cama. Entonces bajo y abro la puerta y digo en voz baja, como si alguien estuviese ahí, mi casa es tuya, tómala; mi cuerpo es tuyo, entra y ocupa los lugares que desees, de todas maneras no vivo aquí.

5 de diciembre de 2013

¿Quién es Arimaspo?


Monóculo Arimaspo no existe pero la necesidad de precisarlo se hace por conveniencia. Cada mañana urde diferentes tramas para capturar el oro que hay en el jardín de don Grifo, le parece injusto tanto oro en un lado del solar y que en el suyo haya un pelado lleno de arena y cemento. Mueve entonces la pestaña y se ondea ésta con ternura a cualquier movimiento del párpado. Hay quienes dicen que nunca llora, sólo de niño una vez lo hizo, sin embargo quienes lo presenciaron no pudieron definir, o no se percataron, por cual lado del ojo salían sus lágrimas. A partir de esta cuestión algunos afirman que Arimaspo ve la realidad corrida hacia la derecha, es decir, hacia la derecha de él; entonces es porque llora por el lado izquierdo del ojo, sin embargo otros afirman lo contrario, que sus lágrimas son diestras. En su pedazo de solar, Arimaspo suele hacerse por las tardes, saca su escritorio y dibuja inverosímiles piezas de perspectiva. Pero no acucia esto principalmente a tal. Su pensar acude constantemente a la estratagema precisa para capturar el oro que hay en el otro pedazo del solar. Debe saltar la cerca sin hacer ningún tipo de ruido, luego debe buscarlo, es obvio que el oro no está asoleándose, ni mucho menos exhibiéndose para que cualquiera lo vea. No. El tesoro en algún lugar del jardín está, y Arimaspo sabe de tal porque a don Grifo, entre charla y charla, se le han escapado ciertos comentarios, ciertos gestos, que lo develan. Pero acaso es don Grifo tan tonto como para ponerse en evidencia frente a su vecino monóculo. Sí, Monóculo Arimaspo tiene un único ojo, pero en lo demás es hombre, piensa don Grifo, hay que mantenerle una ilusión, aunque esta sea vacía. Aunque aquí no halla oro, él debe creer tal cosa. Su búsqueda lo ha topado con enormes misterios, pero está enceguecido, ha visto preciosas joyas, valiosos monumentos, espectaculares artefactos, todo esto enterrado en el solar de don Grifo. Arimaspo tantea el terreno y al tiempo trata de descifrar el enigma de esta frase, tan cotidiana en su época: no todo lo que brilla es oro, aunque caiga en ojo tuerto.

22 de noviembre de 2013

Mujer, te declaro: perdí lo macho



No deseo bajarte las estrellas porque es de cuerdos; no quiero cantarte una canción romántica porque es de cuerdos; tampoco amarte por siempre hasta la muerte, ni recitarte poemas, ni llevarte serenatas, ni regalarte flores, ni tampoco: besarte como loco, abrazarte en el frío, acariciarte en la oscuridad, verte partir y despedirme llorando.  No te haré ninguna escena romántica ni te diré que te amo por lo que eres.  Prefiero más bien decirte día por día cuál parte de tu cuerpo me va gustando; luego decirte cual parte de tus sentimientos me va atrayendo y amarte fragmentariamente, analíticamente, porque desafortunadamente soy tan hombre que hasta perdí lo macho.  Un día comentaré que hay un pedazo de tu querer incómodo porque me obliga a hacer lo que no quiero, y además me implica un esfuerzo mayor y las energías hay que economizarlas.  Todo ahorro es una salvedad.  Quisiera estar loco para amarte de a pedazos y a cada pedazo descomponerlo infinitamente, porque es menos difícil querer a un átomo de mujer que a ti completa.  Por eso trabajo arduamente en la locura, cavilo, reflexiono, río solo, golpeo las paredes y después me arrastro en ellas, me despeino y hablo con el espejo del importante asunto de la fotogenia porque quisiera estar loco.  Pero no un loco cualquiera, uno específicamente: uno fragmentado.  No hay mayor placer que el despedazamiento propio, a tal situación le he iniciado una nueva tarea: El Auto-despedazamiento Exponencial y Proyectado.  Consiste en el análisis propio y cada vez más profundo hasta llegar a la más minúscula partícula que conforma nuestra corporeidad, y de este modo lograr el énfasis espiritual, porque mente sana, cuerpo sano.  Qué quiero decirte: hay muchas razones para amarte cuerda y lentamente, pero algo me ata, algo me impide ser tu principito, algo me llama a querer ser loco.  Quisiera estar loco y ser un fragmento de tu cuerpo, ser un pedazo de ti y sentir cómo corre la sangre por tus órganos y así conocerte pedazo a pedazo. Como a un jarrón roto te amo.  Hay una nostalgia, muchos recuerdos y mucho por pegar y reconstruir, pero, a ver, quién se atreve a recomenzar lo destruido, pocos lo hacen y como quisiera estar loco, en realidad no me interesa ser diferente, ser especial.  No.  Yo no te digo te amo con el pecho compungido, con la voz rota y las piernas flaqueantes, ni siquiera con las manos trémulas imploro algo de tu querer porque ya sé que no te interesa quererme, y como nada especial eres no hay por qué amarte.  Solo amo tu cariño intermitente, tus adorables expresiones de ternura cada tres meses, tus palabras mordaces de vez en cuando y todos los sentimientos que me expresas de época en época.  Tú no eres nada de eso, eres un caso excepcional de mujer: amo lo que sale de ti y no lo que hay dentro de ti; de vez en cuando también amo tu cuerpo, inevitablemente soy hombre, sí, pero como lo soy tanto a veces se pierde mi macho y es en esos momentos de perdición cuando amo lo que nunca sueles ser.  Amo lo que no eres y te pido un favor: no seas más.




3 de noviembre de 2013

Instrucciones para realizar un lavatorio sin utilizar las manos



Amanda nunca las ha leído. Piensa que quien lee pierde. Por aquello de dudar.  Entra fumando al cuarto de baño. Hace lo que tiene y sale. La descubrí, y eso que es rápida. Abrió la puerta: un vaporoso hálito a herrumbre exhaló el cuarto. Una húmeda fetidez con dejos de cusca lo aseveran. Salió sonriendo. Pero con la sonrisa al revés para que no se cayera el cigarrillo de su boca. Tiene sus manos libres y sin embargo no las emplea. Se las sacude chocando una con otra. Ella es victoriosa. Acaso pasó lo que imagino. Yo también lo he intentado, pero en otras actividades. He escrito con el bolígrafo en la boca. He pintado con el pincel en los pies. He leído con el libro entre los codos. He fumado sin soltar el cigarrillo de mi boca. Pero hay situaciones que deben de ser como siempre han sido. Ella huele a jabón humedecido. Está limpia. Sus manos intactas. Incluso, sin olor alguno. Creo que es cuestión de práctica. Por eso es que más sabe el diablo por viejo.

27 de octubre de 2013

Despedida - Jacobo Betancur Peláez



Simplemente no podían escapar, estaban atrapadas en medio de esas asfixiantes fauces. Ese río que horas atrás corría casi como un lago se había vuelto turbio, feroz e inmenso.
Vio como se le iba el alma con ella. No pudo resistir más. Esas pequeñas manos se deslizaron de una forma tan agónica, que parecía inminente su muerte.
Sus ojos no lo olvidarían nunca. Esa maldita impotencia de ver a su hija envuelta en un capullo del que jamás saldría, verla luchando por el aire, ver sus diminutos ojos barnizados de temor buscando ayuda. No pudo hacer nada, ni siquiera saltar con ella y unirse a ese vals frenético con la muerte.

Después de ese día se iría apagando lentamente. Eloisa había perdido a su hija de cuatro años. El tiempo nunca borró de su cabeza el olor a selva. Era inevitable, esa fusión entre la humedad, el calor y la putrefacción, tan penetrante que todas las noches antes de dormir lo habría de sentir.

Se supo despierta una madrugada  sin poder dormir. Se preparó un café y abrió su ventana. Eran las tres de la mañana, hacía frío y su apartamento aún estaba en penumbras: esa vez no le importó nada, se sentó en la cornisa de su ventana y comenzó a beber su café de a sorbos pequeños, sus ojos se deslizaban por el horizonte silencioso de la ciudad. Vio  la luna quieta y brillando con fuerza, se sumergió en el vacío glacial del firmamento. Observó con detalle cómo las calles diseñadas para un frenesí de automóviles y peatones estaban vacías, alojando  la brisa y  un silencio que parecía infinito. Vio como las luces de la montaña formaban un mosaico titilante que se abría ante sus ojos y ante el cielo.

Esta vez no tenía ningún afán, ninguna excusa, eran solamente ella y la noche. Estuvo así por más de una hora. Luego bajó de la ventana y abrió un vino que tenía guardado para una ocasión especial. Se sentó en el suelo, se sirvió una copa y encendió la radio.
Escuchaba su emisora preferida que emitía Jazz toda la noche.
Se acostó por completo y dejó que ese néctar añejo semiseco jugueteara con su paladar. La música, llena de pasión, la mecía. Empezó a quitarse la ropa con suavidad hasta quedar  desnuda en el crepúsculo. Sin ninguna prisa, flotando en el aire, fue a la ducha.

Cada gota, víctima de la inercia, caía y se esparcía por su piel como un bálsamo lavador de recuerdos. Esa noche Eloisa se envolvió en un capullo, igual que su hija hizo hacía tanto tiempo, solo que esta vez salía de sus venas. Cuando el sol salió supo que esa tormenta carmesí de donde brotaba su espíritu bailaría para siempre ese vals al que su hija  se había unido.  

Despertó… Era demasiado cobarde para soñarlo.

22 de octubre de 2013

Sor Dora y Sor Cleta


Imagen tomada de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiWIA0BgJ4o_NmuCDOu_7kaTkGc9GuKBp457UCu7OhbFexU92H9NbpHhX7UngwKka0U9QEHSDucsoAPq-bNz4xtKoaB8J2owfeHUSLPEWniNbsp2X2LVxek3cPU1nYy3ZROFJHOaKXaPGc/s1600/3876406104_faedf85e7f.jpg

La hermana Dora, ha participado en varios encuentros religiosos. Se han realizado en nuestra ciudad.  El transporte de un encuentro a otro ha sido el asunto más complicado que ha debido enfrentar y por eso ha pedido a su Señor ayuda, pues más que dinero para los pasajes, se ha visto necesitada de paciencia y energía.  Los trancones le han hecho perder el control, bajarse del bus y salir corriendo hacia uno u otro lugar de encuentro.  Pues se ha convencido de que en esta ciudad es más fácil llegar a pie a cualquier lado que montado en algún vehículo.  Excepto una bicicleta.  De todos modos Sor Dora no viajará en bicicleta por cuestiones de hábito. El llegar agitada a sus encuentros requiere una dosis adicional de paciencia para sosegarse y limpiarse el sudor a medida que entra en el recinto y comienza a prestar atención a las palabras de los ponentes. Para colmo, luego de la conversación y exposición de temas, llega el momento del silencio. Su cuerpo reclama entonces las energías invertidas en las correrías y que inicialmente estaban presupuestadas para mantener la calma, el equilibrio y la compostura en ese instante de luz. Su iluminación terminaba en oscuridad. Y así hubiera terminado su temporada de encuentros religiosos de no ser por una valiosa conclusión que validó en la temporada siguiente, fortaleciendo así el ímpetu espiritual.  Por eso fue que cambió sus hábitos por prendas cómodas. Pensó ella: el hábito no hace al monje. Con el dinero que gastaba en los pasajes de bus adquirió una bicicleta.  Y aprendió a llegar temprano con paciencia y energía a sus encuentros religiosos.  Amarró el tiempo a un par de piñones.  A su bici la llamó “Sor Cleta”, lo que quiere decir hermana Cleta.  Y agradeció a Dios por tan maravilloso invento, que le ha permitido poner el tiempo a su favor para dar más a su entorno. En una ocasión respondió así a la pregunta por su medio de transporte: esto de empujar el pedal es como estar en religión, como tener mística.  Junta el cuerpo y el alma.

Por:
Alejandro Vega Carvajal.

17 de octubre de 2013

Enfermedad Literaria


Una lectora de Leardeante, muy angustiada, nos escribe y nos comenta que un virus altamente contagioso, degenerativo y mortífero se viene propagando dentro de la literatura colombiana y sus best sellers: la anomia. Los síntomas más frecuentes de esta enfermedad son el narcotráfico, la prostitución de alto rango, el sicariato y el secuestro. Ella nos habla de una de las primeras víctimas de este virus, la novela La virgen de los sicarios del polémico escritor Fernando Vallejo. Pensamos que la lectora en realidad estaba hablando de una literatura “anémica” y que no era para alarmarse tanto, pero luego de varias pesquisas nos dimos cuenta de que tenía razón, sin embargo, el paciente que ella menciona presenta una sintomatología que, aunque es similar, no corresponde exactamente a la del virus de la anomia. A continuación el doctor Leardeante da su opinión con respecto al tema. 


Señorita X, no se alarme. La virgen de los sicarios más que un inventario de crímenes de toda índole es una historia de amor marcada por la fatalidad; sin embargo clasificar dicha obra como una love story resulta peligroso debido a que el homosexualismo, la complicidad criminal y el carácter pederasta de sus protagonistas le dan un matiz diferente al propio de los romances tradicionales cuyos amantes sufren miles de limitaciones para estar juntos o de los pícaros cuya alianza se da en torno al delito. La fatalidad a la que están supeditados sus personajes no está dada en términos de la imposibilidad de tener al lado al ser amado o de los miles de infortunios por los que hay que pasar para lograrlo. No. La fatalidad de La virgen de los sicarios radica en que Fernando y Alexis, protagonistas de la novela, están, consciente e inconscientemente, sumidos en una sociedad en la cual la pobreza, el crimen y la muerte se hacen tempranamente inherentes, razón por la cual, la obra no revela una ausencia de normas o “estado anómico” sino un estado de transculturación en la cual se vienen perdiendo los valores o estos se cambian por otros que “no valen” y en la que el amor, polémicamente homosexual, es el único –o al parecer el último- valor. De manera que el diagnóstico de anomia en La virgen de los sicarios resulta pleonástico e infructífero, a no ser de que la pretensión irónica del autor sea revelada por el lector y este entienda que en dicha obra, en la cual el crimen es la ley, la verdadera anomia la constituye el ideal del bien y de la esperanza, hoy inexistente en los jóvenes y muerto en los viejos. Gracias por su fiel lectura.

24 de septiembre de 2013

Ficciones Etimológicas

Definida la ficción etimológica: el resultado de indagaciones erróneas en las raíces de las palabras.
Aunque el investigador reconoce su falla continúa, porque es presa de una pasión diferente, la pesquisa de un mundo extrañamente imposible.

Se da paso a las propuestas que nuestros reporteros han realizado, porque la ficción crea realidad, mucho más cuando se esconde tras los sustentos de lo que creemos verdadero.

Las tradiciones de mi familia consisten en la traición personal para obtener el bien comunal, de este modo llevamos a través de generaciones lo que nos es inherente pero no nos pertenece.
En el árbol genealógico de mi familia corre la sangre de la traición.  No somos quienes deberíamos ser; cada día devenimos una esencia que brota de nuestras raíces, regadas por todos aquellos quienes desean consumirnos; de tal modo, a medida que nos siembran necesidades aquellos van saciando las propias.  Es decir, en mi árbol familiar ya no nacen bebés y hombres del mañana, se producen necesidades impropias para satisfacer necesidades inventadas.

Monólogo de una mujer esperando a que el agua hierva - Alejandro Vega Carvajal

Imagen tomada de: weblogs.clarin.com/data/estas/archives/cocina%20del%20chaco.jpg

Esperando a que el agua yerva se me ha ocurrido una carajada.  Una surronada como decía el Vítor.  Ay, como él decía.  Mi mijito está muy solo desde que su taita se nos fue.  Ya él parece otro.  Me refiero a mi mijito, a Bairon.  No yerve el agua en esta verraca estufa.  Tiene más fuego mi cuerpo y eso que está frío, atolondrado.  Estoy pasmada.  Es que, vea pues le cuento: estoy buscándole un papi al Bairon, pero no cualquiera, un papi rico que me haga sentir rica.  No estoy pensando en la neta.  Nunca la he tenido en cuenta, es que, definitivamente, lo que no es para uno para qué buscarlo.  A la neta me le hago la bruta…desde que tenga para el huevo diario, y el par de papas de vez en cuando, me acuesto tranquila.  Lo siento es por Bairon.  Él tan inocente, tan indefenso, tan tierno.  Tan sonso y tan güevón.  Con diecisiete años y no se ha machacado ni las manos.  Digo, machucar.  O como se diga.  El caso es que… es que… él es muy solo.  Un cusumbo solo.  Pobrecito del Bairon.  Debería hacer que su agua yerva.  Que la ponga en bajo por lo menos.  A ver si algún día se le prende esa vergüenza.  La que tiene colgando.  La que tienen todos los muchachos.  La que tienen el Jose, el Santiago, el Guille.  Ay, la que tenía el Vítor.  Por qué te fuiste.  Te largaste.  Agradecé que te fuiste para el cielo.  Si no, aquí te paría mil veces, mal nacido.  De para atrás.  Al revés.  Por los pies.  De nalgas.  Enroscado.  Y así infinitamente hasta llegar a mil.

Esta estufa no va a calentar.  Ni siquiera la olla de agua; mucho menos a mí.  Pero si me siento en ella me friego la nalga y sigo pasmada.  Fría y cagando maluco.  No faltaba sino eso.  Ay, Bairon, mijito.  Mi culicagado hermoso.  Voy a buscarte un papá.  El que mejor me yerva.  Que me haga yerva buena.  Que sea bien desvirgonzado.  Eh, cómo es que se dice: ¿desvirgado? Ah, no: desvergonzado.  Que hable de todo.  Incluso que toque temas sensuales.  Digo, sexuales.  El caso es que toque el sexo.  Pero que lo sepa tocar.  

Ay, Bairon, mijito, venga cuide esta agüita que ya vengo.  Espere a que el agua yerva y apaga esa estufa.  Pero esté pendiente que si no, toca volver a empezar.  Y Don Jacinto ya… digo, quiero decir, voy donde Jacinto por unos huevos para el caldo y ya vengo.  Espéreme a ver

El Sercito* - Kenny Cristian Díaz Bayona

Tomado de: www.galeriablanc.cl

Siento la solidez de mi cuerpo, y en él esparcido el ser que me define. Desde el cráneo soy y me defino con cada tramo enervado. Esta masa estriada es lo que soy y es quien escribe. Como un árbol con apariencia de esponja marina, mi “yo” tangible se extiende con raíces extremadamente sensibles hasta el ápice de mis dedos. Soy eso, y no soy eso, porque ese mismo órgano que soy no se totaliza a sí mismo, sin importar que haya ido aprendiendo a concebirse como el epicentro de mi identidad. Aún no me satisfago (o me rehúso a aceptarlo) y genero por tanto otra señal, ya no para que la biomáquina que me contiene tenga sexo, coma o vaya al baño, sino para que sienta allí, a la altura del pecho, desde el estómago hasta la laringe, una sensación de caída constante en un precipicio interno y sin fin; algo que se denomina “vacío existencial”.

Esa es la sensación sufrida por una consciencia1 que no tiene clara su ubicación exacta en el “todo” del individuo del que hace parte. No sabe dónde reside: si en la cabeza, en la masa latiente, vertida en el envase del cuerpo o conectado a este pero flotando en un plano invisible. Según la Ciencia, todas las emociones humanas, como el amor, el odio, el miedo, la ira, la alegría y la tristeza, están controladas por el cerebro. Dado que esto es un hecho estudiado y soportado por evidencias contundentes, toda nuestra personalidad reside entonces allí, y por tanto, aquel órgano con su lenguaje de impulsos eléctricos y todo un coctel químico de neurotransmisores y receptores, nos inventa y nos crea, definiendo lo que somos y como somos. Así, la materia orgánica, frágil y con un final escrito por el apetito de las larvas, los gusanos y las moscas, concibe un ser “inmaterial” que es capaz de proyectarse por sobre el tiempo y el espacio.

Sin embargo es difícil digerir tal idea…la idea de ser sólo eso; que nuestro innato orgullo metafísico se vea delimitado al punto de una masa nerviosa, cuando tenemos miles de años de concebirnos como seres expandidos en el cosmos, casi al punto de la inmortalidad, con los ojos puestos en los cielos y elevando nuestra existencia a otro plano, que aunque invisible e intangible, creemos más absoluto que este. De esto se han encargado muy bien todos los dogmas místicos, los cuales hemos engendrado a partir de nuestros “vacíos existenciales”, nuestra ignorancia y nuestros temores, especialmente a la muerte. De esto se siguen alimentando, aún en nuestra era de robots y máquinas autónomas, y se alimentarán hasta que llegue el día en que todos los misterios sean aterrizados por explicaciones sólidas. Así nos vamos yendo hasta perder el miedo y quedar desnudos de tabús y libres de juicios sin soporte práctico, tal vez al punto de perder nuestra esencia humana o reinventarnos en otro tipo de conciencia², como de hecho ya está sucediendo.

He llegado a pensar que nuestra consciencia, es en realidad un ser diminuto sentado en el interior de esa masa encefálica que le sirve de centro de comando. Es ese sercito inmaterial del “yo”, el que interactúa con el entorno, haciendo uso del cuerpo en el que haya despertado, y se va sumergiendo así en esta realidad a medida que experimenta el evento de la “existencia”, hasta el día en que su elaborada biomáquina deja de funcionar. Sucedido esto, toda esa estructura biológica con huesos como vigas, ligamentos como alambres, órganos como sistemas especializados, nervios como circuitos, sangre como fluido funcional y compuestos químicos como reguladores, se descompone hasta elementos fundamentales (carbono, nitrógeno, hidrógeno, oxígeno, etc.) y sabrá quién sabe quién a dónde va a parar el sercito aquel.

Hasta que la muerte nos separe, el sercito aquel que somos, controla su carnoso aparatejo, a la vez que este también lo altera y descontrola; una admirable asociación simbiótica, a veces armoniosa, y a veces caótica, entre el “yo” intangible y el cuerpo palpable. Una fusión majestuosa, a veces total, a veces parcial, entre el mundo de las ideas y el de la biología. Un matrimonio (con sus lunas de miel y sus divorcios), donde la ley del cuerpo es la de los instintos, y la de la consciencia, cualquiera que inevitablemente haya adquirido el individuo debido a la exposición a influencias de tipo social (familiares, culturales, morales o religiosas), o por elección propia, o inclusive por invención de parámetros inéditos, a veces exóticos o poco convencionales, en comparación a la conciencia colectiva que establece qué es, o qué no es lo “normal”. Como pueden ver, es más simple determinar lo que rige nuestra dimensión biológica, que precisar los múltiples efectores que nos confieren identidad, personalidad y por consiguiente individualidad. En cualquier caso, el producto final arrojado al mundo, es la suma de un cuerpo y de un “yo” intangible; eso es lo que nos encontramos realmente en el prójimo toooodos lo días, y en nosotros mismos cuando nos vemos al espejo.

Siento la solidez de mi cuerpo, y en él esparcido un ser que se define desde la subjetividad. Es más veraz la manzana del árbol cayendo, que mi propio “yo” mutable, fabricado por otros y por mí, que flota en el invisible mundo de las ideas y de las convenciones y que a veces se asoma a este mundo sólido a través de la acción corpórea. En este mismo cuerpo que tengo, podrían haber habitado mil “Kennys” distintos, si mi cerebro se hubiera desarrollado mil veces de forma diferente y si factores como mi entorno, mi alimentación, mi salud, mi contexto social y mis vivencias, hubieran sido mezcladas mil veces de forma distinta. Así, el sercito que soy, se lo debo también al azar, o a quien sea que mezcla todos los factores y decide por nosotros cómo perfilar un nuevo ser humano.
                                                                                               
*Me permito la invención y uso de esta palabra a falta de un término en diminutivo para la palabra “SER”.
2. Consciencia con “S” es el conocimiento de sí mismo. La consciencia define al ser. Se es consciente de sí mismo y de lo que nos rodea con base a lo que uno es. Otra definición es la que asocia la consciencia a un estado de unión con la vida universal. Es una expansión continua, igual que el universo.
3. Conciencia con “C” es el conocimiento de lo que nos rodea, con base a los órganos de los sentidos. En sentido moral, el cual se emplea aquí, conciencia es la “capacidad de distinguir entre el bien y el mal” (el Pepe Grillo de Pinocho). Así, cabe en contextos como: “tener mala conciencia”, “remordimiento de conciencia”, “no tener conciencia”, etc.

29 de agosto de 2013

Enfermedad - Alejandro Vega Carvajal



He notado resecas mis manos y por más que las hidrato no mejoran.  El problema comenzó a preocuparme cuando tomé mi viejo tomo de En Busca del Tiempo Perdido, supe que debía hacer algo al respecto porque este percance no podía interrumpir mi relectura.  Humedecía mis dedos con la punta de la lengua pero empecé a notar cierta alergia respiratoria, mojaba mis manos en el fregadero pero perdía mucho tiempo yendo y viniendo, opté por leer con una vasija de agua al lado de mi sillón pero mi viejo tomo empeoraba su ya deplorable estado.  Comencé a ensayar con otros dedos, con la mano al revés, con la muñeca y con el codo, pero se tornaba demasiado incómoda mi relectura, intenté con la cabeza y con la boca pero mi viejo libro era una fábrica de polvo y hongos, así resulté con un resfriado.  Utilicé guantes, ganchos de ropa, trinchetes, alicates y otros diferentes medios, pero solo logré quebrar las débiles hojas.  Tal vez debí consultar al médico.  Él me pudo recetar algún medicamento para las manos.  O pudo haber sido cuestión de comprar algún humectante elaborado específicamente para mi tipo de piel, pero qué digo ¡humectante para piel de lector de viejos tomos! que imaginación la mía, como si a los lectores los tuviera en cuenta la industria farmacéutica.  Creo que es cuestión de paciencia, me acostumbraré a esta sensación, después de todo hace parte de la lectura acariciar el papel, percibir su rugosidad y sufrir en el pasar de las hojas.

 Después de todo nadie me apoyará en esta extraordinaria labor de leer a los clásicos al modo antiguo.


Por:
Alejandro Vega Carvajal

12 de julio de 2012

Newton y la Prisca Sapientia * - la reconstitución de la prisca sapientia como ideal del conocimiento newtoniano

De acuerdo a mi investigación, el eje articulador de la reconstitución del conocimiento es la unidad de La Verdad, que se ve garantizada por la unidad de Dios.
    
El conocimiento verdadero era todo, en cierto sentido, un conocimiento de Dios; la Verdad era una, estando garantizada su unidad por la unidad de Dios. La razón y la revelación no estaban en conflicto sino que eran suplementarias. Los atributos de Dios estaban grabados en la Palabra escrita pero se reflejaban también directamente en la naturaleza de la naturaleza.

   Me refiero a que, para Newton, los antiguos poseían el conocimiento perfecto, prisca sapientia, sobre la naturaleza, pero además, conocían de qué manera actúa Dios sobre la creación, prisca theologia, y tenían el conocimiento de la moral perfecta; encontrándose estos elementos articulados en la revelación divina. Es decir, es La Verdad que se presenta como única, ya que se refiere, precisamente, a la unidad de Dios. McGuire y Rattansi mencionan la unidad de La Verdad en la antigüedad, desde los llamados “escolios clásicos” de Newton, gracias a que es revelada por Dios como “una totalidad interconectada que comprendía el conocimiento natural, moral y divino.”  Pero queda preguntarse, de qué manera justifica Newton que los antiguos poseían el conocimiento perfecto sobre la naturaleza; más aún, qué incidencia tiene esto sobre la construcción del conocimiento de la Verdad única, que se refiere a la manera en que Dios actúa sobre la creación. Para lograr esto, de acuerdo a mi interpretación, Newton recurre a dos tipos de fuentes diferentes que, sin embargo, se complementan: las Sagradas Escrituras y el estudio sobre la naturaleza. Es decir, se refiere Newton a dos maneras de llegar a la Verdad: la revelación y la investigación natural. “Así pues, la primera religión era la más racional de todas las otras hasta que las naciones la corrompieron. Pues no hay modo (sin la revelación) de llegar al conocimiento de una Deidad sino por la constitución de la naturaleza.”
    
    De la afirmación newtoniana de un conocimiento perfecto sobre la naturaleza, que fue revelado por Dios y que se encuentra expuesto en diversos lugares (las Sagradas Escrituras y los templos antiguos), se sigue una pregunta fundamental para la comprensión de la investigación de la verdad newtoniana como reconstitución de la prisca sapientia, y que se encuentra relacionada con las preguntas formuladas más arriba acerca de la legitimidad del conocimiento que poseían los antiguos: habiéndole revelado Dios al hombre la verdad sobre todo lo existente en el mundo, ¿Por qué es necesario realizar una investigación en la naturaleza para encontrar La Verdad que ya poseíamos? De esta pregunta se rescatan dos elementos fundamentales para Newton. En primer lugar, la idea de que la religión primitiva, la que contenía La Verdad sobre el mundo y sobre la actuación del Creador en él, fue revelada por Dios mismo y que en ella estaban además de la Verdad teológica y la forma correcta de adorar a Dios (prisca theologia), la Verdad sobre la naturaleza (prisca sapientia) y la moral perfecta. Es decir, era un conocimiento perfecto sobre todo lo existente en el mundo y sobre la manera en que deberíamos comportarnos respecto ello. En un segundo momento de la pregunta, se afirma que por unas razones determinadas, este conocimiento se perdió, pues para Newton es necesario realizar una investigación sobre la naturaleza para poder reconstituirlo. Por lo demás, es necesario anticipar que, según Newton, sobre el conocimiento perfecto revelado por Dios fue enseñado otro que era falso, lo que tergiversó el contenido perfecto de la religión primitiva, dando paso a un conocimiento errado sobre el mundo.

De manera que para Newton es necesario establecer lo que Cohen llamaría revolución en el sentido etimológico del término: un regreso al conocimiento que poseían los antiguos. Pero a diferencia de lo que plantea Cohen que es un retorno al conocimiento de éstos, bordeando a los medievales, lo que Newton afirma en sus manuscritos sobre cronología de los reinos antiguos, historia de la religión y teología, es un retorno al conocimiento que poseían en la antigüedad, dejando de lado incluso a muchos de los filósofos antiguos, que serían herederos de un conocimiento corrupto y lo expondrían de esa misma manera; pero lo más sugestivo, según mi interpretación, y que es algo que por lo demás Cohen no menciona, es que Newton recurre a la autoridad de personajes no considerados clásicamente como filósofos, ya que el conocimiento Verdadero sobre todo lo existente lo poseían desde el comienzo Adán, su descendencia y Noé, pues fue a ellos a quienes Dios se los reveló, siendo incluso anteriores a la filosofía clásica.  De donde se sigue la importancia de la distinción en las fuentes que utiliza Newton para investigar la prisca sapientia: no sólo tenían el conocimiento perfecto sobre la naturaleza quienes habían realizado algún estudio sobre ella, sino que incluso los primeros moradores de la Tierra (Adán al comienzo y Noé luego del diluvio), poseían el conocimiento perfecto de la estructura de la naturaleza del mundo, porque Dios se los había revelado en la revelación de la religión primitiva.

    En su texto intitulado “A short schem of the truth religión”, nos dice Newton que ésta, la religión primitiva, consiste en nuestra deuda hacia Dios y hacia el prójimo, y que el cumplimiento de nuestros deberes hacia ellos sólo se logra por medio de la piedad y la rectitud, las cuales corresponden la primera a Dios y la segunda al prójimo. La piedad (Godliness) es el conocimiento, amor y adoración a Dios.
La piedad consiste en el conocimiento, amor y adoración de Dios. La     humanidad en el amor, rectitud y buenos oficios hacia el hombre (…) La     primera encuentra uso en los cuatro primeros mandamientos del decálogo (,) la segunda en los seis últimos.



* Continúa de la séptima edición. 
8. Orozco E., Sergio H. Modelos interpretativos del corpus newtoniano. En Estudios de Filosofía, Universidad de Antioquia, Nº35, 2008, p. 238.
 9. McGuire, James E. y Rattansi, Piyo M. “Newton y las flautas de Pan”. En Estudios de Filosofía, Universidad de Antioquia, No. 35, 2008, p. 183.
 10. Yahuda, Ms. 16.2, f. 74.
 11. En “Newton y las 'Flautas de Pan'”, McGuire y Rattansi exponen que, según Newton, el conocimiento de la antigüedad se encuentra vedado para los ojos del vulgo, ya que sólo quienes posean el método adecuado de análisis pueden reconstituir ese conocimiento perfecto. Cf. McGuire, James E. y Rattansi, Piyo M. “Newton y las “flautas de Pan”. En Estudios de Filosofía, Universidad de Antioquia, No. 35, 2008, pp. 149-187. Sergio H. Orozco E. propone, además, que sólo es posible dar cuenta de cómo ese conocimiento era en realidad perfecto, en la articulación de diversas disciplinas como la cronología de los reinos antiguos, la historia de la religión y la teología, por parte de Newton.  Orozco E., Sergio H. Isaac Newton y la reconstitución del palimpsesto divino. Medellín: Universidad de Antioquia, 2009, pp. 67-82.
 12. La referencia es a la distinción entre La Verdad revelada y La Verdad lograda por la investigación sobre el mundo. Desde esta perspectiva, se hace aún más evidente la unidad de la Verdad.
 13. Cf. Newton, Isaac. The original of religions. Yahuda Ms. 41, f. 3r-7r.
 14. Newton, Isaac. A short schem of the true religion. Keynes Ms. 7, f. 1r.

El escritor

Óscar Monteiro, con una hoja en blanco sobre el escritorio y un esfero en la mano, se puso a pensar. Recibir el Nobel. Atender llamadas de periodistas, amigos y familiares. Recibir felicitaciones. Dar entrevistas, conferencias. Alquilar un traje para la ocasión. Firmar autógrafos, libros. Hacer dedicatorias. Recibir aplausos. Hablar por un micrófono. Escribir un texto a la altura del evento. Hablar de política, de literatura, del próximo libro… Dejó de pensar.

Fue por un café a la cocina y ante el sonido incisivo del teléfono decidió desconectarlo. ¡Qué esperarán! Se sentó de nuevo en la silla, ante la hoja y el esfero, y continuó pensando. Escoger las palabras para ese día. Posar para las fotos. Leer un fragmento de la obra. Soportar aplausos, que lo llamen escritor, maestro. Responder preguntas. Soportar el ego… Fue al baño.

Antes de volver al escritorio para continuar con su tarea, colgó el teléfono, observó la biblioteca, la repasó por un momento. Se sentó a pensar. Las comparaciones, las críticas, las envidias, la competencia, las editoriales, los editores, los amiguismos, las publicaciones, los concursos, las tertulias, las ferias del libro, los rankings, la fama, el olvido… Dejó de pensar.

Encendió un cigarrillo. Agarró fuerte el esfero, recostó el codo sobre la mesa, acomodó la hoja. ¡Ahora sí! escribiré mi máxima, dijo en voz baja. Pero antes pensó. Escribir un cuento. Meses y meses. Escribir un libro. Años. Terminarlo. Leerlo. Releerlo. Corregirlo. Escuchar a los amigos. Darle la bendición. La editorial. Esperar meses la respuesta. El no. La imprenta. Desear dinero. El sí. Firmar el contrato. Ver cómo amputan el libro… Decidió no pensar más.

Sorbió el último trago de café, apagó el cigarrillo en el cenicero y, antes de irse a dormir, ¡ahora sí!, escribió: “Óscar Monteiro decide no ser escritor, no es capaz, le faltan agallas, le da miedo. Óscar Monteiro seguirá siendo crítico”. Se levantó del asiento, guardó el esfero y la hoja en el cajón, cogió el libro de Fernando Alí (que mañana destrozaría) y se lo llevó a la pieza.

Por Fernando Alí

Vacía Orbe


Ilustración Ángela Rojo
Estoy perdido, he buscado en lo profundo de esta tierra la solución a mi camino.  Con el paso de los días me hundo más y ya no soy el único, hay otros a mí alrededor.  Juntos miramos la luz que brilla tras las montañas; no sabemos qué tipo de luz es, sin embargo la seguimos porque es la única señal, porque es lo más lejano y después de ella, creemos, no hay nada más.  Tan solo oscuridad y es lo mismo.  La vemos porque tenemos esperanza, porque guardamos el aliento para el momento de la huida.  A veces he sentido flaquear mis fuerzas, como si esta pelea se hubiera perdido.  Hablo de mi lucha personal, todos han llegado aquí por su propia lucha personal y eso nos ha destruido; éramos más fuertes de lo que pensábamos y terminamos derrotados, es absurdo derrotarse a sí mismo, pero acontece y aquí estamos derrotados por nuestro propio ser.  Somos victimas del egoísmo, de nuestro propio silencio y de los deseos de autosuficiencia.  Este lugar es macabro porque ni siquiera reconocemos qué lugar es, si fuera el infierno lo sabríamos y por lo menos conoceríamos dónde tenemos nuestros pies.  Pero este sitio es escondido, no sé explicarlo: en ocasiones me siento arrojado por fuera de mí, de mi planeta e incluso de mi universo; de pronto me acongojo y entonces siento que he excavado en mi propio corazón y me he escondido allí, donde nadie pueda verme.  Entonces pienso, si estuviera dentro de mí no habría intrusos, no habría más condenados; y de repente recuerdo mis invenciones, mis fantasmas, tantos seres que me han agobiado.  Me culpo por convertirme en un fantasma de mí mismo, pero tal cavilación puede ser un artilugio también.  He intentado mirar hacia atrás, pero no es posible hacerlo, a pesar de girar mi cabeza nada se ve.  He imaginado en aquella oscuridad a un gigante, una enorme bestia que hace oscuridad, fabrica una humareda negra que se ha ido apoderando de nuestro entorno.  Esa oscuridad movediza ha ido alcanzándonos, antes tan lejana y ahora quiere ahogarnos y consumirnos.  Las emanaciones de la bestia nos han quemado, somos una carne sombría, quemada, nuestros ojos aún conservan un poco de destello, porque hasta en la calamidad más grande quienes entablan la lucha personal conservan la esperanza.  Aún hay quienes lloran y ellos mantienen mayor vivacidad a pesar de que el contacto de sus lágrimas con la carne sea doloroso.  Creo que es ese tipo de dolor que mantiene viva a la gente allá donde deben existir tranquila y apaciblemente, pero en este lugar duele.  He pensado varias veces que los que lloran son quienes existieron y nosotros sus fantasmas.  Puede que mi vida sea una mera invención de otro, pero su miedo ha llegado hasta mí.  Porque el mero respirar de esa bestia amedrenta, su hálito nos envejece.  Me imagino al
gigante tragándose la sangre de nuestro planeta, secando nuestra tierra, alimentándose de nuestros líquidos.  En el otro extremo la luz se hace intermitente, parece que viene y va hasta cierto punto de este valle entre las montañas y del mismo modo va hasta un inexistente espacio más allá de la cordillera; pero acaso es posible que la luz viaje donde nada hay.  De pronto la luz explota y comienza a devorar el cielo y a nuestras espaldas la oscuridad cede, sin embargo aquel árbol se desaparece ante tal iluminación y no lo vemos más, luego todo desaparece a nuestro alrededor, incluso nosotros mismo porque todo se hace día, un haz insoportable.  Nuestra estadía en este lugar se hace imposible.  Ahora todos flaqueamos, nunca creíamos que nuestra esperanza se volviera sobre nosotros y nos absorbiera.  Comienzo a escarbar la tierra, tal vez pueda hundirme un poco más, encontrar un poco de oscuridad propia, porque tanta fuerza, tanta energía me ha empalagado.  Debo reconocer que los que estamos aquí somos fuertes y soportamos grandes cantidades de dolor y de fastidio, de vituperios y angustias, por eso siempre buscamos un escape a la salida anterior, de este modo siempre nos hundimos.  Nuestras luchas personales son autodestructivas porque nuestro cuerpo es nuestra única arma.  Así que con uñas y dientes, hasta con los codos, escarbo la tierra seca y dura en busca de algún lugar frío y oscuro.  He comenzado a bajar y he sentido a otros hacer lo mismo, sin embargo el haz penetra rápidamente por nuestros trayectos y no nos abandona.  Continúo a tientas, bajando a tientas, escarbando a tientas, me pregunto a tientas si no era mejor no resistirme a mí mismo y dejarme fluir.  Dejarme llevar por mí mismo y evitar estos tipos de sufrimientos.  Qué va.  De pronto toco algo duro y metálico, se desliza ligeramente por debajo de mí, por debajo de la piedra en que me mantengo.  Creo que es una mano de la bestia, siento un vacío dentro de mí y otro en su mano, es fría y enorme.  Espero a que termine de deslizarse y me arrojo por el socavón que ha fabricado.  Hundirme así es mucho más sencillo.  Para el fondo falta demasiado y sin embargo me veo incapaz de llegar, tal vez deba descansar, dormir un poco en esta orilla.  Es imposible dormir, imposible descansar y aun así sé que nunca llegaré al final, porque tal fondo, el que está dentro de mí, es inalcanzable; igualmente sucede con el que está por fuera de mí.  Cada instante que pasa me siento más en el medio, como si en realidad no avanzara hacia algún extremo.  Siempre avanzo hacia algún meridiano y me traslado de meridiano en meridiano.  ¿Tan difícil es tocar fondo? ¡siempre que creo estar cerca a mis sentimientos me dicen: eres meridiano!


Por Reportero Pensante

Ilustración Ángela Rojo

El Grito

Renunciar a todo acto solemne ya es un recaer.  Hacia abajo hay mucho fondo, al igual que hacia cualquier dirección porque abajo es donde hay un sitio y de alguna manera llegamos a él.  Todos recaemos.  Ese hado inexorable de andar recayendo lo heredamos de nuestros ancestros, ellos también recaían, a su manera lo hacían, a diferencia de nosotros, no tenían cara de gravedad.  ¿Desde cuándo empezó eso de la cara grave, es decir, quiénes fueron los primeros en tenerla?  Esa pregunta luego intentamos responderla, por ahora centrémonos en las recaídas.  Hay una cuando bajamos y no tocamos fondo, cuando tocamos el suelo y aún no sentimos la caída porque el golpe no avisa, cuando reconocemos que andar cayendo es algo más que decir que del suelo no se pasa, porque la caída sigue por dentro.  Para adentro la caída es infinita porque hay una fuerza interior que jala, arrastra nuestro ser y no conforme con ello se lleva también nuestra piel, nuestros órganos y huesos hasta convertirnos en un pedazo de espíritu desnudo.  Nada más patético.  En ese momento de desnudez, de parcial estadía en el mundo no se puede pensar como comúnmente se hace, porque esa forma de razonar está estrictamente ligada al cuerpo: cuerpo sano, mente sana.  Pero encontramos la opción de pensar gritando, una nueva forma de llevar a un límite desconocido las posibilidades de la imaginación.  Sin embargo para lograr este grito, la desnudez debe ser total y el espíritu deberá estar liberado de todo atavío.  Las vestiduras son demasiado protocolarias para el nuevo grito, igualmente los adornos y las joyas.  Comenzamos con una mirada hacia adentro, buscamos nuestro vacío más grande y al lado de ése nos acomodamos, bien en la orilla de modo que al momento de lanzarnos no haya posibilidad de arrepentirnos ni de agarrarnos de algún sobresalto o tumulto.  Eso sí, antes de operar dicho salto debimos haber tomado la decisión de ser nada, de existir por el mero hecho de existir: agarrarnos del vacío.  Luego podremos arrojarnos tranquilamente y empezar a caer hasta lograr el recaimiento, así jalaremos nuestro propio cuerpo hacia esa gran oquedad de modo que de a pocos no habrá necesidad de volver a mirar hacia afuera y tampoco de usar prendas de vestir, ni de peinarnos ni maquillarnos la boca y los ojos.  Porque mirando hacia adentro el paisaje cambia abruptamente.  Cuando alcancemos una gran distancia y una buena velocidad de caída se podrá iniciar la práctica del pensar gritando, así realizaremos nuestros primeros gorjeos, nuestros primeros gruñidos y aprenderemos a abrir la boca sin ahogarnos.  Después, cuando dominemos esta técnica podremos hacer insipientes inquisiciones, retoñar nuestros primeros pensamientos y reunirlos de un modo placentero y conmovedor.  Completada esta fase podremos decir que empezamos a recaer, tal como un auto recaía hacia el asfalto, como un cohete a la luna, como el avión al cielo y como el buque al agua, del mismo modo que recayó la manzana al prado y después a la mano de Newton y de ahí a la historia de la humanidad, así también lo hicieron las guerras, las hambrunas, las pestes, las catástrofes, y así también, el hombre.  Pero todos esos recaimientos eran hacia el exterior, ahora hemos comenzado uno infinito.  Luego, emitimos nuestro primer pensar gritado, suena vulgar y horrendo, proferimos los siguientes y suenan igual de vituperiosos.  Así comenzamos nuestros improperios porque gritar, ni siquiera cayendo, hay que ir más allá y por eso renunciamos.
Por Reportero Pensante

El Libro de las Ausencias

Hola, mi nombre es el que tengo asignado como ingreso de usuario y apellido contraseña.  Hoy decidí dejar de ser parte de las redes sociales. Decidí no seguir siendo parte de una estadística, de un número más que suma el total de seguidores de la nada. Por años he invertido mi tiempo subiendo información a una red social para que todos sepan lo que hago ¿finalmente eso no es lo que haces tú también?  ¿Estar mostrándole a todo el mundo lo que haces, esperando un “Me gusta”, o un “No Me Gusta”, buscando una aprobación de tus gustos y de lo que diariamente resuelves hacer? De ahora en adelante decidí preguntarle a la gente lo que hace cara a cara, preguntarle lo que le gusta y lo que no, tratar de recordar cada cosa que dicen, porque en la vida real no hay historiales que pueda abrir nuevamente en la mañana. Preferí sacar el tiempo y visitar a ese familiar al que sólo he visto digitalmente hace años, decirle que lo quiero y pedirle que me muestre personalmente sus fotos, que sirva algo para que tomemos, que me brinde esa cerveza y ese pedazo de torta que alguna vez me llegó por una notificación. Decidí invitar a ese amigo o a esa amiga que alguna vez me dieron “Un Toque”, a que me abrace y me sienta realmente, que me toque fuerte de un apretón de manos, o que ponga su boca en mi mejilla y digan hola mirándome a los ojos. A que me pregunte acerca de mis viajes y a que me cuenten en palabras qué piensan de cada una de mis experiencias y de las fotos que tengo de recuerdo, y que puedan utilizar más palabras de las que alguien podría escribir en un campo de descripción acerca de cualquiera de ellas.  Quiero saber que si alguien me encuentra en años nuevamente me pregunte ¿qué has hecho? realmente no teniendo ni idea de qué es lo que he hecho, y que me vea viejo y yo igualmente a él o ella, porque vernos diariamente no nos hace parecerlo. Quisiera que cuando necesite saber realmente qué ha hecho alguien, levante el teléfono y lo llame, que me diga que hay de nuevo, y que sepa que no está dando tiros al aire en un sitio web esperando a ver quién comenta su estado… su estado de vida. Las redes sociales nos mantienen cerca… ¿cerca de quién? Qué tan diferente fuera si en menos de un año estuviera disponible una opción a la que le pudieras acceder y programar una selección aleatoria de tu información y el programa mismo comentara tus fotos o tu estado, y recibieras un “Me gusta” esporádico en tu bandeja de entrada, tan solo para sentirte observado, acompañado y socialmente útil, cuando realmente es algo inútil. No niego la capacidad comercial que tienen estos sitios, pero esos no fueron sus inicios.  Paradójicamente todos comenzaron como un servicio inocente, como una aplicación que te acerca a aquellos de los que no lo estás, y ahora están consumidos por la dinámica del mercadeo. Nos acostumbraron a ello, nos hicieron dependientes, esclavos de una droga libre, gratis, que nos desgasta cada día un poco de nuestras vidas. Todos tenemos la falsa sensación de que somos distintos; es la tontería más grande que nadie jamás ha dicho, lo que realmente nos hace diferentes es la combinación de cosas que hacemos, pero finalmente todos hacemos lo mismo.  Por eso tengo la tranquilidad de hablar por mí, sabiendo que muchos piensan lo que estoy diciendo ahora, pero nadie quiere afrontarlo, o tal vez sí luego de leer esto. Tal vez en este momento alguien este escribiendo algo similar, y también en este momento más de uno pensará que soy un idiota, digamos que la mayoría, pero si a tan solo una persona le puedo dar un poco de libertad, estas palabras no serán en vano.  La libertad de no tener que alimentar un ser virtual como si fuera tu propio cuerpo, la libertad de andar libre por la calle sin tomar fotos para subirlas y mostrarlas a tus jueces, la libertad para atreverse a montar una exposición real en una galería, o un bar, de tu trabajo y de lo que eres en la vida real. La libertad al no ser tagueado en cuanta foto suben otros de ti, abusando de tu nombre.  Libertad para aquellos que son fotografiados y exigen la prueba instantánea de su correcta actuación y aprueban o desaprueban el producto cual mercancía en una venta por catálogo, pues siempre prevalece el qué dirán, el miedo a quedar mal físicamente, a que se publique un perfil natural, pues extrañamente nadie quiere mirar de frente.  Pareciera que las mujeres se esconden tras su hombro y los hombres se inflan cual palomo en cortejo; Tensan sus bocas y mejillas, y luego de un flash, dejan caer sus hombros nuevamente, recomponen su cuello torcido con su boca, apenas pudiendo relajarse luego de haber exhibido su sonrisa predeterminada. Nadie es real, nada parece real. No sé ni cuánto cuesta enviar una carta, supongo que 6000 pesos colombianos; no conozco el puño y letra de ninguno de los más de 300 amigos que tengo en mi red social. No me canso de ellos, ni me disgusto, nadie puede hacerlo, con más de uno de ellos podía saber lo que sentía, ahora no sé, los veo a diario y nunca los veo. Tengo sus e-mails pero nunca les escribo directamente. Quiero poderle escribir a quien yo quiera, controlar mi información, controlar mi vida; lo que hago o no hago es mi asunto y de las personas que yo quiera, pero no lo quiero hacer de este modo. Es difícil de afrontar esta decisión en un círculo mundial donde prevalece la inmediatez de información, y no creo que esta red sea la única, creo que son todas.
Si tiene un hijo, no pretenda bajo ninguna circunstancia hacerle el mal de abrirle una cuenta de este tipo, puede ser la cuenta regresiva del futuro que no queremos muchos: indiferente, deshumanizado.
Si no proclamamos nuestra humanidad nos convertiremos en una estadística.
Pruebe que está vivo.
Tal vez esté equivocado, tal vez usted también.  Lo malo de las cosas no son ellas por sí mismas, es el abuso, pero aun haciendo uso moderado de esto, decidí que finalmente esto No me Gusta y aunque hay un botón para ello no es suficiente para expresar lo que siento.
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Hola mi nombre es Nicolás Díaz.


INFORMATIK: IN-FORMARTE/ DE-FORMARTE Aparte dedicado a aquellos que se pronuncian ante el fenómeno de digitalización del Homo sapiens.

El universo es un gran fractal; nuestra realidad concebida equivocadamente como única y absoluta es tan solo una réplica a una escala determinada de la misma dinámica que tiene lugar a niveles macro y micro. En todas estas dimensiones la comunicación se muestra como el factor común crucial en el proceso de transmisión de información para múltiples y variados fines. En este sentido parece develarse ante nuestros ojos una premisa maravillosa, pero a su vez algo aterrorizante: todo lo perteneciente a nuestra realidad son tan solo datos en flujo perpetuo. Pero hablemos en esta ocasión de uno de esos datos en concreto, hablemos del ser humano. Este simio evolucionado con algunos años de protagonismo sobre esta antiquísima madre paciente. Saltando de rama en rama llevando escrito en su esencia biológica todo lo necesario para erguirse en X momento, no paró de aullar y balbucear hasta lograr engendrar y hacer sentir su música codificada. El lenguaje de lengua y de mano surgió entonces como una nueva aptitud cuyo alcance no se limitaría al de funcionar como recurso práctico, sino que llegaría a constituir incluso, la primera señal premonitoria del futuro que tendrá el simio ambicioso, peludo y cabezón.
Con el advenimiento de las nuevas tecnologías informáticas, nuevas actitudes y comportamientos enmarañados en lo más profundo de la psique humana se han comenzado a manifestar hasta convertirse en un inevitable fenómeno masificado. Ahora mas que nunca salta ante nuestra vista el congénito y firme deseo voraz, frenético y desaforado de la especie humana moderna por convertirse en información incorpórea. Al paso y compás de los misteriosos designios superiores, el ser humano apunta hacia la próxima etapa de su evolución, una en la que el “yo” se lanza al vacío enorme de la red y se disuelve en ese vasto plano de existencia con la misma ligereza que tiene un dedo cliqueando un mouse.
Mientras esto sucede, nos vamos entregando como guiados a ciegas y hacemos parte de dicha transformación a veces en armonía, sintiendo que controlamos y nos beneficiamos, pero a veces forcejeando contra la corriente, protestando alarmados y espantados ante lo que implica esta nueva evolución, esto es, la pérdida de la esencia humana a la que estamos habituados. Una esencia dada por cálida y emotiva, basada en los afectos y el contacto que es exhibida por seres vivos dotados de cuerpo. Ojos que se miran a los ojos, pieles que se rozan, respiraciones que se sienten y todo lo demás propio de las carnes. Leamos pues una de esas voces que se pronuncian con propiedad y ahínco mientras el rio sigue impetuoso su curso inevitable.

Por Kenny Cristian Díaz Bayona